miércoles 4 de noviembre de 2009

Tasca de navegantes tristes.








El viejo pirata secó la boca con la manga de su roída chaqueta. Unas gotas se escurrieron presurosas, huidizas, desde un lugar piloso bajo su barbilla, tiñendo de color granate el pecho, apenas cubierto por una fina tela de una casaca que parecía formar parte de su piel.


Sus ojos estaban sepultados en un mar de olas profundas. Las velas blancas de sus retinas formaban un tendal cara a una brisa inexistente en aquel lugar, amarillentas y hepatíticas, síntoma inequívoco de alguna enfermedad biliosamente oscura.



El matasanos, barbero por mas señas, le prohibiera muchos de los placeres de los que había disfrutado, entre otros, el de corretear tras las sirenas de pechos desnudos y corales en sus labios, sustituyéndolas por la ingesta de frutas de color semejante pero jamás tan sabrosas. Le había contestado con un salivazo que no pensaba seguir ninguna indicación semejante.


El que tenía delante de sí, aquel jarro de brebaje Ni siquiera tenía la capacidad suficiente para compararse a uno de esos placeres prohibidos, pues era pequeño, raquítico y escaso. Ridiculo.


Lo tomó entre sus enormes manos manchadas con el salitre incrustado de la mar, en sus poros tantas mareas como marineros caídos en la cubierta de su mejor y más rentuable barco. Las batallas le habían dado dinero y fama. Quizás no buena reputación, pero el oro abre todas las puertas.


Le dio vueltas entre sus dedos como si pudiera proporcionar con esta acción un paso atrás a las agujas del reloj: el cántaro se colmaría de nuevo y él tendría veinticuatro horas más y otro tercio de líquido sangrante le quemaría la garganta con su descenso a las profundidades de un alma que ya no tenía.
Desde que el mosquetón dormía sin pólvora en su cintura.


Bebió un trago, paladeado con la lengua en el cielo de la boca, chasqueando con mala educación, consciente de que a nadie le molestaría.


Las tinieblas del local se disiparon en su mente. Le pareció abandonar la opresiva certeza de estar encerrado en el estómago de una antigua galera.


Olía a sudor aquella bodega, a podredumbre, a descomposición de pasados de sangre y fuego. No había más consumidores de tiempo sentados en las bancadas, pero bastaba que alguna vez estuvieran allí para impregnar de malos presagios los hálitos que gravitaban tras los barriles.


A su lado, haciendo equilibrios encima de un alto taburete, una sirena apoyaba su cabeza sobre un brazo, tras un plato vacío y desportillado. Una porcelana, que al igual que su piel, ya no era alabastro, sino amarillenta pasta mal cocida. Una copa casi vacía pone el punto a su nombre.


Los años le robaran tersura a sus senos, huidizos y escondidos bajo unas costillas que prometían traspasar la epidermis hacia el aire exterior. La grasa formara un oleaje nuevo en la anterior suave curvatura de su talle.


Sentada, o en postura parecida, manteniendo erguida la cintura a la par de la barra, en aquel rincón escondido entre alcohol y brumas.


Tenía los cabellos largos, como toda sirena, pero canosos, que le ocultaban parte del rostro que no conseguían cubrir una cola de pez que se enroscaba, como queriendo huir, tímida, en el armazón de su asiento.


Una isla es la vieja sirena, un refugio en el que nadie piensa naufragar jamás.
Un cofre sin tesoro.

Salvo en una tasca de navegantes tristes.

El pirata jugueteó con sus dedos sobre la superficie del mostrador, encontrando huellas de los que antes le precedieron con filosofía semejante ante un cáliz de ron.


Raspas y migas endurecidas por el temporal del que se refugiaban, se toparon con las yemas de sus dedos. Huellas dactilares nacidas entre vetas de madera oscura que jalonaban en líneas horizontales el tablero del negocio.


Huellas de cuchillos que pasearon en disputas y reyertas.


Carraspeó un par de veces, escrutando bajo la oscilante llama de una mecha de cera, la cabellera desparramada unas yardas más allá de donde él se sostenía.


Nunca tuviera una mujer, aunque no fuera deseable, tan lejos de sí.


Adivinó, antes de verla, una estrella de mar que se ahogaba entre las estelas del blanco pelo. Tuvo ganas de cogerla y salvarla de resbalar desde aquella mujer rancia con postura derrotada, cayendo de un cielo, abandonándola hacia otra sombra.


Una sirena sin su broche estrella, deja ya de serlo, por mucho que conserve la juntura escamosa de sus piernas.


Cuando movió su mano hacia ella, a punto de varar en la celestial orilla, se encontró con una mirada fría y acuosa, casi transparente en el iris.


Parpadearon esos ojos un par de veces queriendo fijar bajo las cejas, un odio dirigido hacia el hombre que la contemplaba confundido y casi turbado.


El tabernero, recio y agrio, dejó el trozo de trapo en que ocupaba sus asuntos, abandonando la vajilla que enjugaba con tedio en sus ademanes, deteniendo su tarea para observar a sus clientes.


La silueta de una daga se dibujó bajo el mandil.


Una ola gigante trajera a sus dominios, un decrépito anciano y una ruinosa cola de pescado.
Alguno de los dos individuos se dio cuenta de la naciente catarata que surgía de aquellas trascendencias.


Una vieja sirena con manantiales salvajes, bajo una cascada de cabello canoso, desteñido tras un vaso que ella ahora apura con cuidado de no perder una sola gota.


Añora el mar, se dice a sí mismo el marinero, todavía resuena en sus oídos la música de los corales bajo el roce de las algas.


Me recuerda a mí, que contemplo dos ríos de agua que anegan sus tersas mejillas de antaño y navego en recuerdos de un tiempo que navegó y se hundió junto con una juventud que no pensé nunca en sacrificar, en un abordaje. Aún ahora conserva la sal del mar antiguo en sus bolsas lagrimales.


Cree que le atisba con reojo sesgado. No se atreve a mirarla con una franca y directa pregunta, hace demasiado tiempo que el contenido sincero de su alma se vació en las profundidades. Ahora también posee esa forma de mirar, sin ver, arrugando los contornos de los huecos vacíos que tiene como enfoque, para que la luz no le traspase, ni dañe el corazón de a quien mire.


Se lo debe al resol de estelas que adornaban la marcha del navío.


El hombre, naúfrago de un tornado plateado, liquida la bebida. Llega el fondo abisal del vidrio donde mueren las quimeras y las cataduras de fantasmas olvidados. Queda apenas una espuma como si tocase una playa una de las ondas en el vaivén de mareas.


La mujer se ha dormido sobre su brazo, sus océanos cerrados sueñan sobre la tabla de cuerpos cristalinos.


Afuera, se oyen ecos. La marea de la noche está subiendo.


Van y vienen, con resacas, trayendo reflejos que la gente confunde con tesoros escondidos. Botellas Sin mensajes en las bases de los estantes del bar.


Ya sus tiempos de pirateo han pasado, no fantasea con puñados de monedas en el galeón que podrá abordar mañana.


El todavía las busca, escudriñando el fondo de los cristales de las jarras de licor.


Continúa dando giros al recipiente, extasiándose, dejando a la vista del aire viciado un tatuaje desvahído, tan gastado y envejecido como su dueño, que se aferra a las hojas de tabaco para salvar al navegante de la sima azulada y gelatinosa de las pupilas profundas de la sirena. No tiene fuerzas para escuchar la respiración del mascarón de proa varada sobre su cola gris, flotando sobre un mostrador, desgranando cabellos con una sola estrella a punto del suicidio.


Carraspea el viejo navegante, intentando deshacer telarañas, a las que se pegan sus recuerdos pasados...tose ligeramente el tabernero.


No sabe bien el porqué, mas recuerda el grito de pánico de hombres rudos cuando se avecinaba el asalto a otro navío. Había sido sordo y ciego, impasible, ante los miedos de los recién enrolados y despiadado con los fachendosos aventureros que se acorbardaban ante la inminente llegada del dolor. Le gustaba empujarlos hacia las espadas de los enemigos, o incluso herirlos él mismo. Pensaba que así curtirían sus mandíbulas y rechinarían sus dientes, prestándoles el suficiente valor y rabia para hincarlas con toda la fuerza del odio en el enemigo. Sus hombres eran invencibles hasta que estaban rígidos, tiesos, formando seguidamente parte de la manducatoria de los tiburones.



Era ley de vida, la del más fuerte y del que mejor coqueteara con la parca, esa caprichosa masa de agua que los zarandeaba a su antojo.


Sí, había sido despiadado y feroz, un joven pirata arrogante, dueño desdeñoso de un cuerpo musculado y de mujeres hermosas, cofres pesados de puro tesoro.


Al olor de la sangre de los asesinatos y del frenesí de los botines de los saqueos, devenían las cosas hermosas que la vida le otorgaba, la riqueza de las telas, los diamantes, las especias.


Por desgracia, todas las costas tienen su bajamar, influenciadas por la luna, y, en esta noche, sus dientes se encontraban mellados y musgosos, perdidos de agresividad, de blancura, de viveza.


El pecho, se le hundiera como hacen las grandes naos, hacia dentro, formando un hueco que no conseguía llenar con aire, con sal, con armas. Nada disimulaba las mejillas hundidas como velas hechas jirones colgando de los mástiles de su barba rala.


Su decadencia era la imagen de una nave desguazada por los rompientes rocosos de una costa abrupta.


El posadero ajustó el cabo de una vela en uno de los huecos entre las maderas del tablero, con un sonido bronco y autoritario en su ademán, seco, quizás destinado a despertar a la mujer de rabadilla de pez a la que no se le escucha respirar desde hace rato.


Semeja agonizante, ballena varada en una orilla adornada con un charco de botellas, pensó cada criminal navegante de lujurias incompletas.


Si aquel local era el averno frío y gris con el que le maldijeran tantos antes de pasar por la quilla, trataría de disfrutarlo.


Allí estaba, una sirena. Rancia en su cuerpo, pero próxima a su mano en esta isla.


El viejo lobo de mar sonrie bajo la nariz, colorada y alcohólica, recorrida por senderos azulados y borrachos afluentes.


Se atreve, por fin. Su mano, decidida, contando con el permiso mudo del dueño del garito, sacude el brazo de la sombra de sirena.


Una exclamación que no se pronuncia: señora, eh,… ssshhhiiiissss, escuche….


Una figura humana, mitad pez, cae con pesadez al césped de serrín, levantando una humareda de virutas que acoge el cuerpo en el suelo. Los hombres paran sus corazones un instante, viendo la escena que se acaba de producir.


Cadáver era, sin duda, aquella a quien quería haber logrado despertar. Se levantó con cuidado como si tuviera temor de despertar a la durmiente. Está decidido a salir del aire nauseabundo que los envuelve como un sudario, lejos de aquella anciana recién acabada en la cubierta de un antro, lejos de su masa de agua.


Perdiendo si fuera necesario la posibilidad de otro trago.

Un cruce de miradas basta para que los dos hombres, con su pasado tormentoso y sus bagajes vitales, se entiendan sin pronunciar una sola palabra. El de dentro, empuja una de las tablas para dejar pasar su delantal grasiento, borracho de manchas etílicas.




Dos antiguos asesinos y el cuerpo de una vieja ninfA.


Agarra con sus brazos firmes la pescada de color mate, que tan brillante había sido en medio de cantos seductores, tan perfectos en desgracias a inocentes locos que no tuvieran la precaución de recubrir los oídos o atarse al mástil de la embarcación.



Comenzó a arrastrarla, los cabellos como arado, dejando surcos entre las losas irregulares del suelo. Camino hacia la trastienda.


Muñeca muerta.


Sirena enredada en una red sin escapatoria.


Sus baladas ya no enloquecerían jamás a ningún desdichado.



Los hombres empujan por su cuerpo, arrastrando su rostro sin contemplaciones, rudo y brutal su movimiento, mientras la introducen entre dos barriles, ocultándola de alguna alma perdida que entrara en aquél justo momento, desconociendo el galeón en el que se podria embarcar, enrolándose sin quererlo.


Después de ocultar a la muerta entre los toneles, cajas, botellas vacías y basuras varias, el bodeguero pone otra jarra de ron frente al pirata, y ahora, cómplice. Con un guiño, se gira a la vista del compañero y una botella nueva, cerrada y con varios años de polvo de llevar encerrada en sí misma, parece surgida de la nada.




Los dos guardan silencio mientras el líquido canturrea.


Una estrella de mar, escolla entre las lápidas del suelo.


Levantan sus jarras al unísono, haciendo resonar sus vidrios transparentes.


Por las viejas sirenas, brindan chocando sendas bebidas, por ellas, siempre!


La noche cae en la gruta, se levanta y vuelve a desplomarse, para todos los navegantes que quieran echar el ancla en su ribera. Hay un nuevo avituallamiento en la posada.


Ron oscuro para los viejos bucaneros.


Y si alguno de los desarrapados quiere saborear algo de comida, el tabernero tiene una sorpresa especial:

Tajadas de cola de pescado para saborear.






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Un viejo pirata ...Busca ....Sirena... Para Amistad…Y lo que surja...












un relato de Susi romero de la torre

domingo 25 de octubre de 2009

Recipiente de salivas.




Gotas de saliva







Aquella gota de saliva cayó sobre el nacimiento de mi cuello. Quedó sellada con el aliento del hombre. Aparto la cara, asqueada. No hay sentimiento en estos jadeos.



Ése fue su pecado. Y no sólo el suyo. Sentimientos inadecuados. Nuestro pasaporte a la destrucción. Sin piedad fuimos un sólido núcleo que alguien separa, desgarrándolo como fino papel. Lo dijo en el efímero instante que transcurre al cruzar la frontera entre dulce placidez y llorosa realidad, antes que la policía lo llevara. Fueron más que palabras; una continuación lógica del temblor de nuestros cuerpos.



Lo arrancaron con violencia de mi piel para adecuar huecos monetarios en mi cama, transformándolo en paso público, dispuesto para ser ocupado por otros hombres, pero jamás consiguieron desarmar la trinchera en la que estaba agazapado, incrustado más adentro de lo que especulaban, llenando mi interior con una sangre amiga, soñadora, amante y plena. Le sigo respirando… hay caricias que me lo recuerdan… pero son siempre ensoñaciones, entre susurros de distintas voces, que acallan sus propias flemas nostálgicas. Acaso quizás… también intentan encontrar dentro de mí, cuerpos que les pertenecían en el deseo o que soñaban confesar.



Cuando todo esto acabe…” me dicen algunos, alcanzando apresurados sus pantalones, “algún día yo…”



Pero nunca terminan su frase; tampoco yo lo espero…







Sigo resistiendo bajo estos resoplidos. Me evado… Fueron sometidos a humillantes paseos de cazador con presa. Sin excepción, pasaron a ser diversión de uniformes. Bestias malcriadas y caprichosas que destruyen a sus semejantes al igual que deshacen voluntades o retuercen la verdad. Con licencia para reír mientras despedazan otras vidas. Lejos, demasiado para alcanzarlo con mi voz, con mi pensamiento, con mi consuelo; todavía no conocía el origen de tanto despliegue de inhumanidad. Les golpeaban mientras les colocaban trapos en torno a la cara. Tejidos que fueran dignas sábanas de otras casas judías, vestidos de las mujeres polacas, todavía floreados, camiseras mangas de hombres que sin duda estarían muertos o agonizantes.



Estrujaban esas telas, llenas de tierra, sangre, odio y horror contra los rostros de los nuevos prisioneros, con la fuerza de los que ambicionan ser todopoderosos, sabiéndose fraudes.



Sin preocupación, taponando las vías respiratorias, la boca, presionando lágrimas contra el interior de su cerebro. Las manos atadas con saña, delante de su vientre, ése que fuera mío. Empujado sin conocer hacia adónde, sin hablar, sin escuchar, siendo espoleado con la máxima violencia que aquellos hombres concebían para desarrollar su absurda misión. Entre la barahúnda ensordecedora de asesinos justicieros. Pero me lo gritó, a pesar de la privación sensorial que le concedieron, me lo dijo con sus manos, con su cuerpo, con su expresión orgullosa, con su cabeza alta, sin rendirse ni humillarse ante las ataduras que le auguraban un negro destino.



Luego me tocó a mí. Sí. A mí también, puesto que una hembra aria no podía dar amor, ni mucho menos otorgar placentero sexo a un abyecto judío. Estaba maldita; envenenada.



Fui levantada del lecho, todavía tibio y lleno de amor durante un minuto, el preciso para que el oficial de mayor graduación me forzase con su cuerpo hacia unas sábanas que, no tan ajenas a la afrenta, no fueron jamás espejo de un acto tierno. Un puñetazo brutal me rompió los labios que antes habían besado una piel deseada, violándome más allá de mi cuerpo. Con cuchillo de trinchador filo, vaciando mi íntimo sentir.

Era una apestada, una rea, un objeto que merecía un castigo y que todos aguardaban ajusticiar. Se formó una fila más allá de mis gritos y de pesados cuerpos que me aprisionaban a chirriantes muelles cedidos bajo el colchón.




Aquél fue solo el comienzo de mi agonía.



Y fui castigada, al igual que él, a morir torturada día a día en la mente del otro; este mundo nos expuso el infierno que jamás reconoceríamos tan despiadado, después de la muerte. Estaba aquí, entre armas y alambradas.



Un campo de concentración.



Me asomaron al peor sitio dónde perder juventud, inocencia, creencias y ternura. No existe el alma, pues ni ellos, escogidos y selectos la poseían, ni la sentí yo, gastada en aquellos días de envilecimiento, a cambio de ración alimenticia y mentiras.



Los hombres querían encontrar piel nueva para reventarla contra sus cuerpos y despedazarla con sus dientes.



En mis peores momentos, me forzaba a evadir la realidad, recordando su despedida, con aquél “Te quiero” jamás pronunciado, pero atronador. A esas palabras me aferraba, musitando sonido a sonido mientras los empujes furiosos y desgarrantes se sucedían con los golpes y los tirones de pelo. Pensaban que musitaba para ellos y mostraban afán en supremacía física agotándose durante los veinte minutos de rigor.




Lo de los mechones de pelo se inició con uno de ellos, un bárbaro que, hurgándome con uñas ennegrecidas provocaba sangre en las heridas que gozaba de crearme. Todos querían trofeos exhibicionistas, ante el guardia que los vigilaba en el burdel, habilitado dentro del campo de concentración. Los dioses arios, pertenecientes a otra raza, muy superior a la de los seres que se consumían, fagocitándose a sí mismos dentro de la alambrada, en los barracones, en las cámaras de gas; derramaban sus versiones desesperanzadas en mi catre.



Fui una más de las mujeres malditas, “al servicio de la causa” esclavizada para servir al gobierno. Doble víctima, como tantas otras.



Una más… bajo torturantes gotas de saliva.





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domingo 18 de octubre de 2009

Vaya!

( Revisión )


¡Vaya por Dios!



Hizo un gesto con la cabeza, sin darse cuenta que transmitía todo el pensamiento que albergaba su interior.

¡Vaya por Dios!

Queriendo decir que… ¡Vaya, menuda mujer!,

Vaya,… si yo fuera otro… Otro hombre, más alto, más joven, más rico, más seguro de mí mismo, más simpático, más otro y menos yo.

¡Vaya por Dios!

La vio desvanecerse entre la gente y le quedó la pena de no haber sabido retenerla a su lado. Con cualquier excusa, con un saludo, con un ofrecimiento de refugio en aquel portal, en un rincón iluminado por alguna farola solitaria, en porche ajeno lleno de exilados de la implacable lluvia.

Hubiera fingido un mortal y fulminante infarto si, dos minutos antes supiera la desazón que resultó dentro del pecho, alborotado en sus latidos, al verla marchar.

¿Volverá a ver a aquella mujer? Seguro que no.

La ciudad y la lluvia le habían dado un cruce de pestañas, un solo momento de hacer coincidir los pensamientos.

Los mismos, espero, se dice…

“Estoy mirando a una mujer que avanza por la calle en ésta acera llorada de lluvia, con altos tacones y paraguas.

Me mira… y ¡vaya por Dios, que forma de mirar!

Se sorprendió en el espejo que convertía el cristal en lámina opaca, testigo callado pero elocuente, de sus razonamientos. La imagen era la suya; era él, con sus ropas grises, su pelo gris, su personalidad gris frente a los colores que adornaban, excesivos si acaso, a la gente que lentamente iban cerrando los paragüas, como desaparecen las estrellas del cielo cuando el amanecer las sustituye. Se apagaban como farolas ante la luz natural; el caso es que había dejado de llover y ni siquiera un goteo terminal le retendría bajo aquel edificio.

Ella no estaba allí.

Su imagen quería quedarse y él deseaba escapar.

Despidió casi cabizbajo por la vergüenza su fotografía en mustios grisáceos y a la vez… la del mendigo refugiado en aquella esquina de la ciudad:

“Una moneda”.

Un reflejo en el cristal del escaparate de otra realidad.

Mientras arrancaba su caminar, se le ocurre pensar en la desconocida. No en “cualquier desconocida”, no. En esa, en la suya propia, aunque no tenga más de suya, unos segundos ya pasados en los que se miraron, descubriéndose. ¡Vaya por Dios! Sus músculos se tensan sobre la acera sucia deseosos de salir corriendo calle abajo, para atrapar la posibilidad de encontrarla de nuevo. Dudó sobre la conveniencia de volver de nuevo al sitio exacto de la mirada, y a partir de ahí, rememorando ese punto, disponerse a batir la ciudad en círculos concéntricos, centímetro a centímetro, grado a grado, latitud a latitud, con la desesperación de un marinero que ha perdido el rumbo que dirigía su navío en medio de un mar infernal.

La esperanza de poseerla en otra tarde lluviosa, en una gota de tiempo, colgándose de su pelo negro y quedar a vivir durante un minuto bajo aquellas cejas arqueadas, haciendo refugio del tejado de sus pestañas, le recuerda las numerosas esquinas, de calles, de aceras, de portales donde pudiera estar en ese mismo instante.

“Y yo aquí”, aspirando cigarros nada tranquilos, uno tras otro.Las colillas que genera mi esperanza no me hablan de otra cosa. Fumando una tras otra de las razones que me hacen no salir como un poseído hacia un suceso que quizás no pasó, hacia esa aparición más sublime de todos los años de ésta mi vida.

Sintiendo un revoltijo en sus tripas, intenta sosegar su respiración. Su corazón ya late por cuenta propia, a ése no hay quien lo pare, es un caballo terco y desbocado.

“Tengo latidos pisoteando una angustia ausente por una mirada circunstancial. Soy irracional, iluso, ilógico, absurdo, patético, un hombre que tiene vergüenza ante sí mismo por haberse enamorado en dos segundos de alguien con quien no ha hablado nunca.

De una perfecta y absoluta desconocida.

Otra calada le hincha el pecho, junto con los suspiros y las palabras no dichas. El humo revolotea en sus pulmones y llena de brumas boca y estómago.

Alguien habla a su lado. En aquella calle sin sol, en esa porción de la ciudad iluminada por un remolino.

“Esa mujer anda, camina, piensa, sueña, canta, vive sin imaginar que estoy pensando en ella”.

Es probable que no la encontrase en ninguna de las cien mil veces que recorriese las baldosas y los locales esquinados; en aquellas laberínticas manzanas de casas, marañas desconocidas y tortuosas en el mapa general de sus pensamientos.

Pocas posibilidades flotaban en el océano de su cerebro, pocas de mirar las farolas que convertían en decentes los bordillos tras las noches oscuras, y ver su sombra escapando del haz de luz que convierte en lunas las sombras de errantes fantasmas.

“Vaya por Dios, estoy perdiéndome”.

Tenía incrustado dentro, en algún lugar entre los huesecillos óticos, el sonido ensordecedor de unos finos tacones creados para elevar la belleza hasta su máximo nivel, para inventar una diosa distante y acercarla a su verdadero hogar, al Olimpo dónde moran las orgullosas dueñas de los hombres, aunque nunca ejerzan su poder, incluso no sean conscientes de su dominio.

Aplasta la colilla contra el suelo, la suela se desgasta, tolerando un cerco de ceniza. Se mesa los cabellos.

Con rumor de agua se formaban charcos mostrando la estrella polar, la más madrugadora, atrayendo la idea de permanente reflejo del dorso de un maravilloso pez que jamás habitaría en un charco cuyos límites estaban conformados entre restos de envoltorios de bolsas de chips y latas de cerveza machacadas por algún automóvil.

“Quizás sean de los vagabundos”. Había visto algunos de los sin techo, entre rayos claros del día, entre la frondosidad de piernas y bolsos, miradas perdidas, pensamientos inconexos, luces sonoras de los semáforos y ruidos de locales. Como una postal a la sensatez, un post-in.

Seres abandonados de sí mismos, al igual que se sentía él en aquella música ambiental de voces, pitidos, destellos de neón, paranoias de gentes siempre iguales o parecidas, moviéndose al unísono, con el rumor que da el no pensar, el no dejarse atrapar por una idea recién nacida. Pese a todo, los líderes no existen, pensó con amargura en los ojos mientras la marea incesante bajaba la guardia ante los escaparates.

No podía dejar de pensarla.

“Vaya por Dios, yo ateo confeso, yo laico, yo apóstata, yo aconfesional, estoy a punto de reconocerme religiosamente hechizado, exorcizado en un destino efímero, me ha mirado esa mujer y…

¡… Oh, dios cotidiano y mío… que forma de mirar;

ha despertado en mí algo que sospeché que no poseía”

El tiempo seguía discurriendo como un río que llega tarde a su cita con la desembocadura en el mar, llevando una angustia instalada ya en las perneras de sus pantalones, obligándolo a salir, a dejarse llevar calle abajo más aprisa, más aprisa, cada vez más rápido, igual que la aceleración de los cuerpos que se rozan. ¡Venga, vamos!, ¡encuéntrala!, ¡búscala!;

¡Indagándola, escudriñándola, olfateándola; la persigo, todavía sin saber porqué ni por dónde… devorando la imagen que ha dejado en mí, es el resto de tu vida lo que te juegas…! ¡Un recuerdo que llevarme…! Todo a golpe de reloj de arena, descendiendo los granos amarillentos y finos, hasta cubrir la totalidad del recipiente vecino; su cuerpo cristalino.

Bullían sus entrañas dándose cuenta del sentido desquiciado de su petición absurda: “Señor, si la encuentro, si me la das…¡ prometo creer!

Negociemos estos términos, este ultimátum del que depende mi futuro. ¿Acaso no eres el de los milagros? El que todo lo ve, el que todo lo sabe,

¿Aquél que todo lo puede? ¿No te vendes así¡¡¡? ¡Dámela!

Necesito esa mujer para mí, para obtener el valor preciso y hacer realidad los sueños; de qué te vale, señor, un hombre vacío repartiendo decaimiento y pesadez a otros, impregnando de aceitoso asco, de hastío absoluto, mezcla de niebla y desasosiego al resto del mundo.

¡¡Dámela!!

¡A tí poco te cuesta y a mí mucho me vale…!!!



viernes 9 de octubre de 2009

El botón y la cicatriz.



El botón saltó.




Fue como un suicidio.

Se arrancó a sí mismo de la tela gris a la que estaba sujeto.

El botón se había acostumbrado a formar parte de la hilera de botones de aquella camisa gris, todos compañeros idénticos, con sus cantos bien pulidos y sus cuatro agujeros centrales. El hilo que los abrazaba y los mantenía prisioneros era también de un color indefinido, entre verde sucio y negro verdoso a medio lavar. Era un hilo tenso y fuerte, nada proclive a deshilachar sus partículas en el aire.

Compacto y fuerte, como debe ser un padre.

Un cordón sólido les había mantenido unidos a la fea tela. Tela vasta e ignorante; ruda como suelen ser las camisas confeccionadas para durar, para mantener roces continuos sin apenas cambios exteriores, para sufrir con su color desvaído que nunca revela su edad. Estaban todos en fila; desde el primer botón hasta el último formaban un extenso paisaje que rompían ellos mismos.



Ese botón que estalló rompiendo la quietud del mirador, era el último en su posición. El agujero que provocó, al perder la continuidad del abotonamiento camisero, abrió al aire una realidad hasta el momento oculta. Una gran cicatriz se marcaba en el fondo. Cruzaba en diagonal una parte del pecho, formando la mitad de un rombo.



El hombre miró al chiquillo, observando su reacción. En el estremecimiento que recorría el cuerpo de niño desamparado, vio la negación y el rechazo ante los hechos que le narrara la noche anterior.

Sólo deseaba forjarle hombre, sabio en sus convicciones, crítico ante lo mostrado; seguro ante opiniones que le obligarían a posicionarse. Que dominase una opinión formada y sólida sobre el pasado.



Había sido una noche espesa en gris. Se habían creado sombras entre sus palabras, silencios entre las esquinas de los sonidos que les rodeaban, intentando escapar a su significado, logrando que el dramatismo perdiera su color oscuro, alcanzando una brillantez amarilla que soñaba con sustituir esperanzador al sol.



"Fueron ellos, ¿verdad? ", le preguntó el niño antes de que su padre comenzara la historia de su dibujo dérmico. Fueron “ellos”, aquellos que le obligaron escapar de su casa para retornar menos hombre, pero más animal.

Movió la cabeza en actitud afirmativa, con bajada de ojos ante el dolor que se colgaba de las pestañas, pesándole como el plomo con el que sobrecargaba su corazón para que no se acelerara, para no sucumbir a la emoción.



Pretendía una voz firme para enfrentar la mirada de su hijo. La respuesta era un “Sí” rotundo relleno de ecos de metrallas, de gritos nacidos de hombres que estaban a su lado. De heridas abiertas y aún sin abrir, hundidas en torsos que exponían a la muerte. Aunque en su fuero interno supiera que tenía matices que empañaban los sonidos de esa palabra no pronunciada.



Jamás diría lo que se siente matando… con el cuidado y la precaución de que no te escuche nadie.

Sabía que otros tuvieran menos suerte. Amigos y vecinos que, siendo arrancados de sus casas y negocios, hubieron de dar un paseo obligado en medio de la noche hacia un albergue incierto en su ubicación y destino.



Diferente era cómo lo contaban los libros de historia. Palabras tales como: "tropa", "reclutamiento" y "pelotón de fusilamiento" no eran imaginables en realidad, si no tienes bases para compararlas.

Una palabra como " Ejército" hubiera sido una imagen cómica si la componían cinco campesinos con ropas raídas y pies sangrantes avanzando por un bosque; igual que la palabra reclutamiento era una anécdota frente a la realidad de unos bárbaros entrando en las casas de los vecinos para llevarse a muchachos que sólo conocieran el duro trabajo del campo.

Rezar para que el tiempo dé una buena cosecha y de regalo un buen fuego para intentar calentarse.

Otros personajes o los mismos, en misión estratégica, trabajaban al atardecer para instalar a los que odiaban por cualquier razón, formada en el contexto de la guerra o no, junto a una cuneta para sacarles lágrimas o súplicas.

Se la ponían en la pechera como condecoración y volvían a su casa borrachos, celebrando su propia barbarie.

O no volvían nunca, presas de su vileza, sintiéndose viles y desconocidos cuando despertaba su razón a la luz del día.



Su hijo no tenía forma de hacer crítica ni historia personal que le narrase la cantidad de sangre que contiene el interior de un cuerpo. El desgarramiento de tener que matar, aunque fuera para salvarse uno mismo.

Trató de cerrarse la camisa, avergonzado de estar mostrando un pasado tan difícil de traducir en palabras. No eran suficientes. Pensó en remover el pelo del pequeño, al verlo con la cabecita agachada, tímido ante la cicatriz de su padre, que se le antojaba inmenso abismo. Amenazándole con caer contagiado. Pero desistió, deteniendo su mano en el aire, apartándola de la acción no llevada a cabo.



No sabía que decir… ni si debía decir algo.



El botón fue rodando, hasta llegar a una de las esquinas del cuarto. Bajo del ventanal asomaban las siluetas de los árboles frutales. Los plantara el abuelo, cuando aquella tierra era promesa de un vergel, el mismo que sintió despues las huellas de la batalla. Ellos fueron los testigos callados que dejaran a las familias quebradizas tras los fusilamientos.



Ninguno de los dos, padre e hijo, repararon en aquel botón fugitivo. No sintieron el golpeteo con el que recibió contra el suelo, también callado hasta aquel instante.

El padre ocupado en cerrar la herida de su camisa, el hijo pendiente de no morder sus labios con tanta fuerza que le hiriese en rojo.

El padre se preguntó si no habría infringido una costura en el pecho de su hijo similar a la del suyo propio, aquella que se impregnara del cardenillo verdoso de un metal dirigido a quitarle la vida. Suerte que había resbalado, rozando su piel y creando un surco no mortal.



Vió los puños apretados fuertemente, volviendo blancos los nudillos de sus pequeños dedos. Sintió el rencor avanzando en el cuerpo del chico, le pareció más joven que hacía dos días. Un sentimiento de culpa que había adoptado al pequeño, con vetas de venganza que, una vez plantadas, arraigan.



Y tuvo la certeza de que así había sido.



Fue entonces consciente de haber perdido algo más que un botón.







lunes 28 de septiembre de 2009

Flores de Piedra...

Flores de piedra.


Desparramo mis cabellos sobre un lecho pétreo. Diviso el tiempo ensimismando reojos al cielo, controlando sus mutaciones: negroscuro con tormenta, azul nítido de mañana clara, grisáceo sucio desaliento, incolora y deslucida la noche.
Luz y sombra crean ausencias y presencias. Jugando a encontrarse en la línea inmóvil de agujas góticas.
Rodeada de verde hierba, esta época del año me encuentra rebelde y despeinada.

Lo veo llegar. Como cada semana de siete días. El hombre ocupado que recitaba mentiras sin poesías, según su costumbre. ahora no tiene porqué mentirme. Su rostro viaja oculto, mirando fijo el suelo a paso avergonzado. Tal vez tema malgastar alguna moneda que otro habrá perdido. El césped está húmedo, dispuesto en mechones; sus claros lo convierten a mis ojos en un caladero insomne y descuidado.
Mi perspectiva no es demasiado dadivosa, pienso, mientras contemplo su venir.

Sus pies se arrastran sobre pasados lastres, pero nunca arrepentimientos encadenados, que se aferran a sus tobillos, todo el resto de su figura podría calificarse de suplicante victimismo. Un suspiro mío evoca otros tiempos con este pecho ya marchito y pútrido. Apenas hace ruido al caminar deseando pasar inadvertido, aunque tapizan el camino hacia mi nueva morada, hojas banqueteadas por mojaduras de lluvia lacrimosas, luego tendidas al sol para alcanzar esa cobertura susceptible de romperse en crujientes pedazos.





Un ramo de escasas flores le sostiene. Es la justificación que enarbola, mísero abanderado sin dureza.
Vienen con desmayo entre los dedos; enfermizos, otorgándose permisos para resbalar. Las balancea con indolente inconsciencia, queriendo olvidar que las porta y de paso al olvido, su finalidad. Son blancos crisantemos y diviso alguna rosa de ese mismo color, Todo demasiado aséptico, como queriendo tapar con tan noble color alguna inmundicia. Tal vez con puntas de pétalos inocentes, algo ajadas. Creando un cuadro digno de ser metáfora. Habrá conseguido descuento por ese motivo. Lo imagino en una floristería, ante los ojos escrutadores de la dependienta, eligiendo con cuidado meticuloso las flores más proclives al declive en su belleza.
Nunca fue un apasionado por vivir, le faltaron energías a este desdichado. Observo su transparencia opaca, empañada, que es el modo que tienen los espíritus de distinguir a los mortales dignos de los demás, templados sin puntos de ebullición. Es de insensible piedra aunque aquí la única muerta soy yo.

Las ropas le quedan grandes. Desproporcionadas. Las hombreras se desmarcan de su ser, tiene un cercado ingente donde expandirse y crecer, pero su alma proclama su desaparición dentro de la prenda mal cortada, queriendo inscribirse en una normalidad en la que nunca se ubicó ni tendrá ocasiones futuras para hacerlo. Algo hilado oscuro, entre amarillentas canas, nada hermosas ni poéticas, al margen del color de su traje basto, trae entre sus cabellos, algo que sus pensamientos le otorgan, distraéndolo del caminar ligero con mirada alta que ahora le ocultan juventud y franqueza.
Lo uno ni lo otro fueron patrimonio de él jamás. Va de víctima no tan inocente.

Se acerca, pese a él mismo. Odia venir a verme, su violencia silente, cruel, agazapada para herir, callada, aviesa, real se cuelga de su flaco cuello de buitre carroñero. Viene a su pesar, pero que otra cosa le resta a este anciano decrépito que avanza con la torpeza de los años hacia mi urna de piedra. Creerá que le espero, pero se equivoca...
Recuerdo sus palabras, las últimas que oyeron mis oídos, ya muertos hacía horas, contestando a la pregunta del hombre de la funeraria: póngala en el ataúd más sencillo, nada de adornos inútiles, no, no hará falta que la vistan, nada de recordatorios, hay que ser práctico. La esquela es imprescindible? Pues nombre mi cargo y quién soy. Ella no era conocida por nadie que no fuese a mi través.
Su corazón no existe. Tampoco el rostro del empleado se movió un milímetro, cambiando su expresión inexpresiva. Mi desprecio merecería la creación de una cerca que lo acote. Cada paso le cuesta más tiempo que el anterior. Cuida de poner los pies sobre alguna margarita que haya nacido en este lugar, equivocándose, dónde las flores que adornan son cadáveres arrancados sin sonrisas. No hay hilo musical en sus bailes ni en sus riegos, la mayoría encerradas tras el cristal de las lápidas o prisioneras de espumas verdes con troceamientos a cuchillo.


No, nunca fue apasionado este mortal mío...
Lo veo llegar, fastidiado y viejo, con sus flores, esas que no me gustan, aunque él jamás escuchó mi anhelo, pese a decirlo yo muchas veces. Aparece en mi lápida, semana tras semana, con los dichosos y repetitivos hierbajos blancos, ramos descoloridos, insulsos, apáticos, que colocará de forma descuidada dentro de un jarrón de plástico abaratado.
Prefiero que me ponga adornos artificiales. Podría fantasear con un cariño también rebajado. Pero sé que tiene miedo de que yo vuelva, de alguna forma, y me tome la venganza de hacerle recordar todos y cada uno de los días en los que me martirizó.
Ahora viene con flores…

Tiene suerte de que no pueda levantarme, tal como soy ahora mismo, con esta apariencia tenebrosa,
dándole un titánico susto de muerte y, con manotazo resuelto, arrojárselas … quitándomelas de encima…