sábado 26 de diciembre de 2009

Emborrono forzudos.



El hombre forzudo me odia. Debe ser cosa natural el hecho de odiar en hombres fuertes, musculosos, acostumbrados a que su voluntad se realice ya sea por miedo o por conveniencia.




En este espejo me reflejo, no hay rastro de fuerza comparable con sus brazos ni con su forma de afrontar la vida, a puñetazos contra el aire, poniendo distancia con  amenazas, con mirada feroz y roncas vocalizaciones indefinidas. Indescifrables mensajes que parecen otorgarle un cierto misterio a su supuesta inteligencia. Hasta que por fin, logran descubrir que sus sonidos graves son gruñidos sordos, rudos, que no tienen cerumen mental en sus trastiendas. Involuciones del sudor.



El hombre forzudo me odia porque sabe que voy a más y él siempre irá a menos. Envejeceremos sentándonos lejos el uno del otro, en los descansos entre actuaciones. Nos veremos menguar: él, mis mejillas; yo, sus brazos y su apostura gallarda. Se desinflará como un globo, fagocitándose desde adentro, hasta succionar tendones y músculos.



Yo me chuparé las mejillas, cuya piel no me dará para sonreir lo suficiente en plena pista del Circo, pero eso dotará a mi rostro un halo de payaso patético, justificando torpezas, lo que hará inclinar comisuras con sonrosados y tirantes hilos, las bocas de los adultos. Todos reirán con mi figura flaca arrastrándose en la arena, mientras llenan de aplausos mis enormes botones y de carcajadas mis grandes zapatos. Así alejarán sus miedos los mayores y colmarán de sueños los pequeños; porque son las sonrisas las que atraen la fortuna y la felicidad. Es cuando las perdemos cuando todo se seca y áquellas huyen para siempre.



Sin embargo, el hombre forzudo está abocado a llorar en silencio cada colgajo de carne que le cuelgue de la percha de sus hombros.



Un hombre forzudo del circo no puede presentar el aspecto de espántapájaros derrotado, mostrando sus debilidades mientras deja caer las grandes pesas sustituyéndolas por huecas canicas. No es el mago y se notaría mucho...



Nos miraremos tras los vasos de alcohol que ingerimos, a través del cristalino líquido, vigilando la decadencia del otro. Venenos que nos deseamos ingerir.

Quizás debería alegrarme, pero solamente puedo carcajear mi barriga en la pista. La vida real está confeccionada de otras hebras sedadas, más adustas, más estériles, más ásperas…


El hombre forzudo me odia porque arranco más registros sonoros a la figura bella de la bailarina, de lo que él consigue llevándola a su caravana y levitándola con sus manos. Risas y bailes que me dedica, canturreándome picardías, mientras él espera su turno impaciente, que ella se despoje de sus tules y libere los suaves cabellos sobre su cintura y le permita tratar de desordenarlos.

Me odiaría todavía más si supiese… que estoy deseando emborronar mi maquillaje besando sin parar entre los muslos tiernos, sus rojos labios. Me odiaría todavía más si conociese que la mujer barbuda depila toda su piel menos sus mejillas, pero  teme que su cuerpo rocoso sea demasiado brutal para lo que ella desea, que es el vuelo de una mariposa con dedales aterciopelados.



Ésas que yo consigo hacer volar entre sus párpados y posarse sobre la perfecta faz en las penumbras, mientras desmaquillo mi pintada lágrima en sus apasionados besos.

El hombre forzudo me odia porque no entiende que los niños se me acerquen con ojos brillantes, todavía con globos de colores atados para que no vuelen hacia las nubes, con las manitas chorreando azúcar y chocolate mientras a él, nadie le pide con sonrisas, globos y manos pegajosas, que le dejen tocar sus bíceps, lo único que posee, su tesoro portátil.
Que conoce efímero y abocado a la gravedad, al tiempo que transcurre imparable para los dos. Inmisericorde.



El hombre forzudo me mira con ganas de hacerme desaparecer. Se le achica la pupila mientras me imagina tirado y despanzurrado en medio de las gradas. Le encantaría que probase a retar a sus pectorales. O que intentara subirme al trapecio sin red. Sueña conmigo y con mi muerte. Con sus propias manos. Y sé que algún día lo conseguirá, porque su odio crece y crece. Su idea viene con aristas cortantes, desgarrando obsesiones. Se hará tan enorme como nuestra carpa de colores y entonces estallará. Por eso me contemplo en este espejo, rodeado de luces para hacer los trazos nítidos en fingidas sonrisas. Mi rictus se ha vuelto serio y cruel bajo la pintura. Porque estoy pensando en asesinarlo antes. Sólo me falta la oportunidad; espero no se me adelante.



Entonces reiré como buen payaso que soy. Incluso sin trazos elípticos.

La función ha comenzado…










sábado 19 de diciembre de 2009

El niño que callaba.



El niño que callaba era una de tantas personas que, en aquella hora, dibujaban una fila perturbada con codazos desconfiados. Era pequeño de cuerpo, como un pececillo capaz de mimetizarse entre las manchas sucias de la pared en la que se apoyaba, cuando su cansancio era mayor del envoltorio que le albergaba.



Su color de piel lo hacía invisible. Lo sabía, al igual que conocía todas y cada una de las muecas que podría llegar a suscitar en cada faz que le negase ser visto.


Era más joven de lo que creían, incluso de lo que él se creía. Dejaba vagar su pasado infantil en la cicatriz interior, adulta, que construyera tras horas perfiladas entre su llegada al paraíso prometido de los mayores y la huida hasta la mentira que había descubierto.


También habían mentido sobre su edad, sobre su pasado, sobre su facilidad de subsistir debajo de los puentes de neones, encima de las desangeladas aceras jamás rectas, siempre curvas para la mayoría de los que engrosaban la hilera de desiguales puntadas que esperaban la apertura de la puerta del comedor social. Allí los puños eran mostrados con sonrisas salvajes, las civilizadas tornas de la amenaza rugiente de los animales involutivos con cráneos límbicos. Esos que tomaran posesión de los cuerpos de algunos ciudadanos con condiciones ideales para ello.

El niño se escondiera, recubriéndose en pequeñez eterna, porque tenía una gran ventaja. Ya venía del infierno. Conocía el color del diablo, sus jugarretas y su forma de aniquilar carnes tiernas. Que mejor ejemplo de infierno que la carencia de todo. Que la esperanza de nada.

El pequeño silencioso, con oscuros ojos se sentaba junto a la ventana. Buscaba un sol que perdiera.


Cada día caminaba hasta el comedor. Tenía su sitio apartado de los hombres y mujeres que despojaban flores del hule de las diferentes mesas. Las rasgaban con sus uñas sucias, mientras se lamentaban de sus vidas, de la falta de solidaridad ajena, de sus desgracias, de sus familias, de ellos mismos. De sus voces airadas a veces y otras llenas de vacíos silenciosos. De sus alientos desalentados y desdentados. Le sorprendía ver como, a pesar de todo, las flores resistían. Sospechaba que las pintaban de nuevo cada noche.


El calor amarillo que traspasaba el vidrio, le recordaba otro más cálido que perdiera aquel día, cuando su padre se empeñó en hablarle de viajar al paraíso que le prometiera ya a su hermano mayor.


Aquél que no llegó a conocer.

Lo que ocurrió después existía nebuloso en su mente, como un sueño de los infernales, despertar en sudor, sabiendo que a un grito su madre iría a refugiarlo en sus brazos, de bella estatua de azabache. Aguantaría el tiempo necesario para acunarlo y que su corazón volviese al paso tranquilo y calmado de las aguas otoñales.


Reververaciones. Duermevela obligado. Sed. Hambre. Gemidos de hombres, de mujeres, de niños. De él, aunque apenas se oiga a sí mismo. Intenta abrir los párpados para enfocar la figura de su padre, doblado en una angulación extraña.


“Se ha quedado dormido” pensó mientras se mojaba los labios con saliva seca y una lengua arenosa. Padre se ha dormido, pero esta vez no emite el ruido que llenaba la choza, está en silencio. Todo está en silencio, menos el sonido del chapoteo de esta agua imbebible, que deja costras de sal en la piel, desecándola. Cuando llegaron a la costa, lo recogieron y se lo llevaron hombres extranjeros. Rasgos desconocidos, lenguajes desconocidos.


No había vuelto a verlo pese a llorar imparable por dentro. No se atrevió a gritar, ni con un sonido gutural simple. Cómo decir que tenía algo que ver con aquel negro delgado que abandonaba sus miembros laxos en brazos de aquellas personas.


“Quizás esté muerto, Padre, y me quieran enterrar con él.


Pero me hizo prometer ser hombre y cumpliré mi juramento…


Me tragaré las lágrimas de niño y escupiré mi rabia de hombre”






El pequeño silencioso escucha. No habla. Quizás no quiera decir nada. Sus ojos oscuros y grandes, demasiado grandes, demasiado fríos son los que dicen cosas.


El niño que callaba, ocupa su silla al lado de la ventana. El sol le reconoce mientras  trata de calentar su mirada.

domingo 13 de diciembre de 2009

Hiroshima.






Mientras, la lluvia negra impregnaba nuestros cabellos y hombros, llenando todo el horizonte de funestos presagios. Dudábamos sobrevivir, incluso no era un deseo, seguros de que la muerte daría descanso a la escucha de llantos y lamentos, a la visión insoportable de cuerpos masacrados, sobre los que pisábamos en nuestra larga marcha e incierta en su fin. Desconocíamos, incluso ilesos, que seríamos apartados de los sanos por miedo al contagio de una radiación que nos convirtió en malditos.



Una gran montaña de humo espeso intentaba alcanzar el cielo con su expansión. Como si quisiera cegar el ojo de un dios al que habían burlado.


Un niño sollozaba, clamando súplicas, mientras perseguía a una mujer que le había llevado de la mano el último trecho, hasta que ella se dio cuenta que aquél no era su hijo...

Así de pequeños éramos, así parecíamos, exiliados de una vida que habia desaparecido con el primer clamor de la bomba explosiva, caminando hacia no sabíamos dónde, sujetos al hilo de lo incierto.












jueves 3 de diciembre de 2009

Rasgando himen...











Rasgando himen mental



“Silenciando un rasguño en el tejido oscurecido de noche, en profundidad… condensa.

Me rondas el aire, confundiendo al vapor. Música entre altas burbujas. Entre redondeadas cavitaciones te adivino. Son opacas las esferas en las que te repito, incesante, imparable, inagotable, perpetuo…

Te respiro. Pulsación que desea. No sabe el calor circundante a qué temperatura viaja mi insolencia, rodando por tu piel.
Ahora mismo, estás sentado a mi lado y me incitas. Sólo son las inciertas madrugadas de la mañana. Podrías estar lejos, en otro sitio más agradable, con otra compañía que no tenga esta extraña ocupación. Al fin, te visualizaría igual…”


Rompiendo himen mental.


Sé que comenzaré a desgastarme. A fragmentarme en pequeños pedazos. Tranquila y calmada. Alborotada por dentro. Bajo tus pupilas. En el murmullo de tus manos.
Poco a poco al comienzo, por tenues bordes y romas esquinas, deshilachando tu nombre, redondeando gestos. Tangencias en varios puntos…
Hinchando senos y caderas. Piel tierna y alma suave.


Envuelvo tus dedos en mí. Construcciones eregidas con destino determinado. Acercar mi ansia hacia tus labios. Curvas que se tatúan de trazo grueso sobre el que te avaricio ver posar. Ahuecando las yemas de mis dedos, guías de mis cegueras, acaricio aleteando sobre tu frente, una perversión traviesa, que jamás ocultará tu sonrisa. Hoyamientos garfiados suavemente, con ternura mientras… te pienso, con transmisiones de cariños imparables.


Caudal de sensaciones licuadas bajo firme línea, en la cuadratura de tu mandíbula, que sabe pronunciar mis gemidos.  Emocionales tactos, que expresan universos infinitos que asoman, piel despierta en plenitud descontrolada. Jamás retráctil... siempre esponjosa.


Te dedicaré mi lascivia mezclada con el amor más vivo. Tentadora promesa.


Me pregunto el porqué de estas madrugadas cálidas en el corazón, estufa abrigada que tinta en sonrojos las mejillas. Me sube la timidez bajo la línea de mis párpados cerrados la única explicación tupida que brota… es que te muestras cercano.
No orgulloso protector, mirando desde arriba, altura infinita, mi pequeña figura, no igual al amante, incapaz de abrazar sin distanciar mentiras por la cintura; como quien agarra algo tabú, pero sagrado.


Es la necesidad de poseerte la que me posee…
No temo que traspases con miradas altaneras y palabras hirientes. No precauciono brillos que impregnas entre mis trémulos lienzos.


Te convertiré en eterno recurso de soledades.
Mis ganas están demasiado cerca de ti.
Goteas otoño… destilas transparencias.


La corazonada es certera y sincera. No temo tu mirada ni el requerimiento urgente de tus manos y de tu boca, que me roe quemaduras del corazón.


Desgarrones en breve instante… mi yo más rotundo.


Arqueo especial yarda entre tu pecho y el mío. Lenguas de fuego me consumen en este instante. Infierno posesivo que atrae mi profundidad.


La álgida verdad se abre paso entre nuestras caderas.


Tienes la semejanza, solitaria pelvis en esta penumbra; me protegerás de la nada, tu cuerpo y el mío han nacido uniformes, envergadura apropiada para paso rápido, constante buscador de balanceos…  Inclinas al abrazo más allá de lo fraterno.
Coordenada simple y complicada, la excitación… condimento que nos acompaña, es conjunto… así lo sientes. Afín en acaricimientos internos.
Calla… te digo desde tu pelo…
Y callas…


Emborrono fácil el tintado poseer, las líneas epidérmicas se imprecisan despintando nuestro yo; en la proximidad buscada, formando una trazada única. Casi nos fundimos, aquando nuestras células. Sufro devorarte, perderme, cegarme y rescatarte desde dónde estés. Secuestrarte y esclavizarte a mi cuerpo… Borrar tu memoria pasada, obligarte a adquirir la presente.


Vértices que recorres con avidez… despeinada.


Fiera inquieta, noctámbula y lujuriosa. Llenando vacíos imnombrables. La pasión cabalgante no descansa , capaz de alcanzar agudos arqueos y ángulados suspiros. Pregunté al destino, tras segundos de conocer tu pupila; cómo hacer la entrega delicada del amor.  Así… retorno a un augurio con luz ideal, calidez idónea… perdida, obtengo todavía la respuesta;  mente y cuerpo se planean enemigas de mis rutinas.
Rostro frente a rostro, milimétricos guiones… nuestros ojos.
Recobro la respiración. Vuelas a tu altura.


Reparando… mi himen corporal


Casi puedo sentir tu corazón latiendo. Anhelos que pugnan por desbocarse de nuevo. Estás vivo. Táctil. Igual que yo.


Te convertiré en eterno
recurso de mi cuerpo…



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martes 1 de diciembre de 2009

Un saludo navideño. Gracias.

El amigo bloguero JoseLop44 del blog Age quod Agis ha sido tan generoso en otorgarme
 un décimo de la Tradicional " Loteria de Navidad"


La maravillosa idea ha surgido del blog : Alas de Plomo , pinchando en el enlace accederéis a las normas.
La filosofía del premio es que lo posea el mayor número de blogs, así, en caso de ser premiado, se podría organizar algo entre todos.

Como mandan las normas, tengo que entregarlo a cinco blogs, lo que es una aprieto muy incómodo para mí, porque aprecio cada
uno por los que me paso, me he pasado alguna vez o me pasaré en el futuro... que jamás se sabe...

En fin; disculpas por los que no se encuentren... cinco es un número muy limitado,
aunque sé que alguno se verá nombrado por otro, o incluso por dos  (Gracias Meiguiña )

Abrazos a todos y gracias por la comprensión:
















 
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